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El sector forestal chileno en el 2024 y el futuro que queremos

El sector forestal chileno en el 2024 y el futuro que queremos

Por Simón Berti Presidente del Colegio de Ingenieros Forestales.

La realidad actual de nuestro sector se puede describir, en general, como peor que hace 10 años, pero mejor que hace 20 y que 40 años atrás.

Analizando cualquier periodo, siempre uno puede rescatar cosas que están mejor y otras que están peor.

Si tomamos la última década, estamos mejor en que tenemos cada vez más hectáreas sometidas a certificación de manejo forestal responsable, la superficie neta de bosque nativo ha crecido, contamos con mejor tecnología en varios ámbitos, la academia sigue investigando para mejorar distintos aspectos y hay un creciente convencimiento en la sociedad y, afortunadamente en sectores políticos, de que la madera es muy importante para el futuro del planeta, tanto por la captura de CO2 por parte de los árboles, como por la sustitución de cemento y acero (industrias que emiten muchísimo CO2 a la atmósfera).

Pero estamos peor en un aspecto esencial: dejamos de plantar más árboles y manejar más bosque nativo. Pero no sólo eso, sino que por causa de los incendios forestales hemos perdido en esta década (al 2022-2023), aproximadamente 700 mil hectáreas de plantaciones y 600 mil de vegetación nativa, entre árboles y arbustos (CONAF), lo que reduce la oferta de madera de equilibrio en el largo plazo en un 12% (Instituto Forestal 2013 y 2023), cuestión que implica menos procesamiento, menos empleos y menos impuestos para Chile, además del abandono de terrenos que volverán a erosionarse.

Los incendios en sí son otra mala noticia, ya que década a década aumentan su número, voracidad y área afectada, siendo el incremento de los siniestros intencionales una gran preocupación porque quienes los hacen buscan generar incendios grandes e incontrolables.

Otro aspecto muy negativo y difícil ha sido la estrategia de grupos radicales de atacar a los contratistas forestales, provocando mucho daño económico, además de generar incertidumbre y temor en ellos y sus equipos humanos.

Cuando comparamos el sector forestal de hoy con lo que era 20 o 40 años atrás, sin duda que tenemos más madera en edad de cosecha, más aserraderos, más consumo de madera pulpable, más producción de tableros, más uso de biomasa, más transporte, por lo tanto, más uso de puertos, más exportaciones, nuevas especies cultivadas (Eucalyptus regnans) y más empleos. ¿Por qué? Bueno, simplemente porque la tasa de forestación en esos años era importante y llena de ímpetu por seguir creciendo.

Sin ser un genio, cualquiera puede darse cuenta de que, si quiero tener trigo en seis meses, hay que sembrarlo hoy; que para obtener la fruta que saboreo ahora, hubo que plantar los frutales como mínimo 6 a 10 años antes; que para obtener madera pulpable hubo que plantar hace 12 años y que, para obtener madera para aserraderos y tableros, hubo que plantar 25 años atrás.

El futuro

La historia enseña que mientras más largo el plazo de una inversión, más sometida está a riesgos de diferentes características. La inversión en creación de nuevos bosques es un notorio ejemplo de esto, ya que el plazo es largo y los riesgos múltiples, llámese incendios, plagas, temporales de viento, sequía, aparición de sustitutos, etc.

Es por lo anterior que, en prácticamente todos los países del mundo, cuando los Estados definen que es importante y estratégico tener nuevos bosques, se generan incentivos que van desde la bonificación de parte del costo a cambio de un trabajo bien hecho, hasta incentivos tributarios o de otro tipo.

Los beneficios para el Estado son varios, por ejemplo, incorporar a la producción del país terrenos que no son ni ganaderos ni agrícolas y que tienen algún grado de erosión; recuperación de los subsidios a través de impuestos en el tiempo (hoy el sector forestal chileno paga más impuestos en un año que la suma de lo que gastó el Estado en subsidios en 20 años); más empleos directos e indirectos, sobre todo rurales; más inversión cuando llegue el momento de procesar; más madera disponible para que los arquitectos y constructores hagan lo suyo para que esta sea el material del futuro; más absorción de CO2 y cumplir con compromisos internacionales de carbono neutralidad; disminución de sedimentos a los ríos por menos erosión; mayor infiltración de agua hacia las napas subterráneas, y un largo etcétera.

Uno de los mejores ejemplos internacionales recientes de esta voluntad es Uruguay, que gracias a incentivar con subsidios y beneficios tributarios la plantación de árboles, otorgar la bienvenida a inversionistas de procesamiento pulpable y de madera de calidad, su sector forestal habrá pasado de exportar cero hace 30 años, a ser el principal rubro de exportación desde el 2024, por sobre la carne y los cultivos agrícolas.

El bosque nativo, por su complejidad, su extrema variabilidad, sus larguísimos retornos de la inversión y su gran dificultad para repoblarlo merece un análisis aparte, pero donde se pueda manejar, hay que hacerlo -y los ingenieros forestales sabemos cómo-, aunque la superficie a intervenir será directamente proporcional a la capacidad y voluntad del Estado de mejorar los subsidios actuales.

Vemos entonces el futuro del sector forestal chileno, íntimamente ligado a las decisiones que se tomen ahora respecto a volver a plantar. Sin fomento a la inversión necesaria para retomar el ritmo de creación de nuevas plantaciones no habrá círculo virtuoso.

Creemos que el sector forestal chileno hoy, no necesita estímulos a las grandes empresas para la creación de nuevos bosques pulpables. Sí a aquellos propietarios pequeños y medianos que por distintos motivos requieren establecer plantaciones con rotaciones más cortas.

Desde todo punto de vista, el fomento a la creación de bosques de rotaciones largas para aserrío y tableros es imprescindible y necesario.

Las ventajas como más absorción de CO2, más tiempo de carbono retenido ya en estado de madera, mitigación de los riesgos del largo plazo, la instalación de la cultura de la madera como material del futuro, la mitigación de la tendencia de reemplazo de pino por Eucalyptus pulpable, la potencial expansión de otras especies como Eucalyptus regnans y Pino Oregón, son razones más que contundentes para justificar una política agresiva de fomento forestal.

Ojalá que el futuro también nos traiga un sector más equilibrado, con la necesaria economía de escala de las empresas grandes para competir internacionalmente, pero no más que eso, y por lo tanto volver a poblar el sector con más empresas medianas y pequeñas.

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