Incendios: interpretación ecológica o delincuencial del fuego

Incendios: interpretación ecológica o delincuencial del fuego

Incendios: interpretación ecológica  o delincuencial del fuego

Columna de Opinión: Julio Torres Cuadros, secretario ejecutivo del Colegio de Ingenieros Forestales de Chile 

Como viene sucediendo cada temporada estival, los incendios forestales generan un debate que tiende a sesgarse dependiendo del punto de vista de quien emite las opiniones. Llama la atención, por ejemplo, el contraste entre las opiniones sobre un incendio forestal que afecta bosque nativo y los incendios que todos los años afectan otras formaciones vegetales con fines productivos. En los segundos, es común escuchar a “especialistas” culpando a los árboles por quemarse, mientras que, al tratarse de bosques naturales, culpan a la falta de equipos y de celeridad para el combate. Cuando se trata de bosque nativo, los árboles serían víctimas, pero cuando se trata de incendios de plantaciones forestales, los árboles serían los culpables.

El reciente incendio en la comuna de Timaukel, región de Magallanes, que afectó 1.300 hectáreas de bosque nativo y turberas, permite desmitificar una creencia instalada en el debate forestal, relativa a que los bosques nativos no se queman o su ignición es dificultada por la mayor humedad que albergan. Esa creencia es infundada, ya que el origen del fuego es casi siempre causa humana y el impacto resultante dependerá de variables externas al origen del fuego. En el caso del incendio de Timaukel, la variable preponderante fue el intenso viento dominante en el área. La falsa creencia de que los bosques nativos serían “inmunes” a los incendios ya debería haberse descartado frente a la abundante evidencia empírica. La vegetación nativa sufre con lamentable frecuencia el impacto del fuego, como lo retratan los incendios en la comuna de Cochrane (2019), el Parque Nacional Torres del Paine (2005, 2011 y 2015), las Reservas China Muerta (2015) y Malleco (2002) o el sector de Sierras de Bellavista (1999). Estos casos dejan claramente establecido que el bosque nativo también se quema, a diferencia de lo que se plantea majaderamente por quienes sostienen que reemplazar plantaciones con bosques naturales actuaría como una estrategia para reducir la incidencia de incendios en el país.

En este debate es común plantear recomendaciones que apuntan a modificar los modelos silvícolas, pasando de extensas superficies de plantaciones forestales comerciales, a sistemas de mosaicos en los que se intercalan plantaciones, bosque nativo y praderas, como estrategia para crear “paisajes más resilientes” a los incendios. Es decir, paisajes más heterogéneos, dado que la homogeneidad de las plantaciones favorecería la propagación de los incendios. Estas recomendaciones no criminalizan a los árboles, pero sí omiten cualquier otra consideración que pudiera explicar la diferencia entre la incidencia y severidad de los incendios que afectan a plantaciones forestales y aquellos que afectan al bosque nativo. Omiten, por ejemplo, el creciente fenómeno de la intencionalidad.

Tomemos como ejemplo el caso de la región de La Araucanía. De las 64.000 hectáreas afectadas esta temporada a nivel nacional, 35.000 hectáreas corresponden sólo a esta región, es decir, un 55% de toda la superficie afectada. Sin embargo, esta región solo posee el 20% de la superficie de plantaciones forestales a nivel país. Lo anterior no solo ocurre esta temporada, la prevalencia de incendios forestales en La Araucanía se viene repitiendo en los últimos años. En efecto, esta región se ha convertido en la más afectada en términos de superficie, desplazando hace ya varios años a la región de Biobío como la región más afectada.

¿Acaso debemos suponer que el cambio climático afecta en con mayor fuerza a esta región? 

En ningún caso. La explicación simplemente está en el origen intencional de estos incendios. La intencionalidad en algunas comunas de esta región asciende al 80% según datos de las empresas forestales afectadas y Conaf. Además, en los últimos años se han incrementado los ataques armados contra brigadas terrestres de combate, contra bomberos y contra aviones y helicópteros, lo que muchas veces impide el acceso a los predios que están siendo incendiados de manera intencional. 

Esta situación es ignorada o relativizada por quienes culpan a los árboles o al modelo forestal de que se produzcan incendios. Desde hace años somos testigos de una corriente muy activa de estigmatización de los cultivos forestales con especies introducidas, que aprovecha la sequía o los incendios, incluidos los intencionales, para levantar una agenda "verde", entendida esta como decrecimiento o desmantelamiento de la actividad forestal productiva. Ellos no dirán que es desmantelamiento, pero en la práctica acusan tal magnitud de impactos y buscan instalar tal cantidad de regulaciones que terminarían haciéndola inviable. La concentración de incendios en plantaciones forestales la interpretan como una clara evidencia del riesgo de estos cultivos, sin detenerse a pensar que la focalización de la intencionalidad se da precisamente en las plantaciones, por lo que cualquier comparación con la incidencia de los incendios en bosque nativo es espuria.

Si la intencionalidad se mantiene o incrementa, los “paisajes resilientes” recomendados por los especialistas, conformados por mosaicos de distintas coberturas vegetales, incluido bosque nativo, no serán capaces de frenar la propagación del fuego. Conviene a quienes hacen una interpretación puramente ecológica del fenómeno de los incendios, detenerse a reflexionar sobre los aspectos delincuenciales que condicionan el origen y propagación de los siniestros y no omitir un factor demasiado evidente de las causas de este fenómeno.

 

 

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